Looks Luna, Luna celebra

Frescolitos Wedding: En busca del vestido

Creo que desde pequeña he estado soñando con el día de mi boda. Muchas amigas de mi mamá me escogieron de paje para las bodas de sus hijas. Era un rol que me tomaba muy en serio: me empeñaba en mantener el orden en la fila, que los vestidos estuvieran bien puestos, que no me despeinara, y aparte velaba porque no se despeinaran los demás.

En esos eventos veía a las novias como princesas, lo que hizo todavía mas fuerte mi fascinación por las bodas.

En la adolescencia me tocó ser dama de pocas. ¡Debo admitir que me fue mejor siendo pajecita! Cuando  me tocó ser dama, tenía muy claro que el día que me casara mi vestido iba a ser casi como el de Cenicienta: ¡Ancho, grande y pomposo! En mi mente, era el único día que podía vestirme así y no verme ridícula. Tenía todo perfectamente dibujado en mi cabeza… ¡Solo me faltaba el esposo!

Bueno, les cuento…

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El esposito llegó, y también llegó el anillo, solo que cuando llegaron me di cuenta que ya no era esa adolescente con los mismos gustos.  Había algo en mí que había cambiado y no sabía bien qué era.  Por supuesto, seguía ilusionada con mi boda, pero no la que soñé y mucho menos con el vestido que imaginé. Al final, todo resultó más allá de lo que mi imaginación podía llegar. Todo cambió, evolucionó, mejoró.

Aquí vienen mis anécdotas sobre la búsqueda de mi vestido de novia.

Empezando por el hecho de que yo, muy Monica-de-Friends de mi parte, en cuanto me comprometí, empecé una carpeta con todos los vestidos que me gustaban.  No necesariamente tenían que ser de novia; todos en general, piezas que me favorecían, cortes y estilos.

Subdividí la carpeta en secciones: velos, cortes, peinados, zapatos, telas, flores. Todo aquello que me llamaba la atención y se parecía a mí formó parte de esta carpeta. Así empezó mi búsqueda. Entre tantas fotos, tenía ya en mi mente cual iba ser mi vestido perfecto… Todo eso, hasta que empecé a medirme.

Tengo para decirles que esta carpeta los primeros días y en las primeras pruebas, no me sirvió absolutamente para NADA.  No es lo mismo ver y recortar que empezar a probarse. Me fui dando cuenta de que eso que tenía en mente para mí ya no iba conmigo.

Al principio no sabía lo que estaba pasando, ¡y empecé a pensar mil cosas! Por ejemplo: «¡Qué bello! ¡Wow! ¡Qué suerte, el primero que me pruebo y este es!», o «No sé, está bello, pero no me favorece… ¡Pero qué importa, si está bello!».  O «Concho, es que no me saca cintura… pero Crystal, ¡tú no tienes cintura! Ningún vestido te la va a sacar». O «¡Qué lindo sería casarme con un vestido de Venezuela, la patria de Mariano!», pero al mismo tiempo pensaba: «Espera… ¡Qué increíble sería casarme con un Oscar de la Renta!». O «parezco un angelito, pero quiero algo más VaVaVoom». Y claro, «¡No quiero medirme más pero me faltan sitios!».

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En fin, me volví un poco loca porque, de todas las ideas que había en mi cabeza, nunca, ni siquiera relajando, me había probado un vestido de novia, entonces estaba vuelta un 8.  Por eso fue tan importante la compañía de mi mamá y mi hermana, que me conocen de adentro para fuera, al derecho y al revés.

Ellas decidieron que la mejor técnica para medirme era tomar fotos y ver esas fotos al día siguiente.  Si al día siguiente seguía en nuestras memorias, pues valía la pena volverlo a ver… ¡Acertaron!, así mismo fue: citas, citas y más citas.

¿Qué no olvidaré? La tela de tul que mi Mamá Colada compró en  El Canal. Picaba, era horrible, pero ella insistía en ponerme ese tul para crear el efecto «velo». ¡Imposible de olvidar! Cuando me veía en el espejo vestida de novia, en algunas ocasiones lloraba de emoción.  Mi tía Melba, que nos acompañaba, lloraba en TODAS las ocasiones.

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Un tip colado: La revista New York Weddings tiene un directorio completísimo de las tiendas de novias de Nueva York. Yo visité a Mark Ingram Atelier, Gabriella, Lovely Bride y Ángel Sánchez. Si la compran, les aseguro que les servirá enormemente cuando estén organizando sus citas.